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jueves, 9 de abril de 2020

Verso reparador.


Sinceramente, a mí lo que más me molesta de la etapa de confinamiento que vivimos es ver la fuerza con la que han rebrotado los iluminados de la razón en las redes.
La plaga está tan a la vista, es tan demencial,  que sospecho que hay más contagiados por este virus que por el que está provocando la pandemia.
Los insultos, las faltas de respeto y las mentiras corren de boca en boca, o lo que es lo mismo, de perfil en perfil, hasta el contagio masivo. Todo el mundo parece tan lleno de razón como deseoso de propalar la infección de su verdad.
Atónito, ojeando tuits en los que, los supuestamente cultos y sensatos, insultan a los incultos e insensatos y viceversa, en guerra sin cuartel, me acordé de él, del genial poeta orensano, José Ángel Valente, y de uno de sus más afamados poemas, Nostalgia del Destierro, concretamente de aquel verso que decía:  
“Lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido”.
Hoy más que nunca, que vivimos tiempos en los que el sueño de tener razón produce monstruos, andamos necesitados de tus versos y de las propiedades cicatrizantes que tienen.
 Un abrazo, admirado Valente, dónde quiera que te encuentres.



martes, 7 de abril de 2020

La compra.


Si a lo increíble que ya es, que yo como padre sea más joven que mi hija, le añaden la costumbre que tengo de hacerle un Hitchcock (pasar por detrás) cada vez que recibe una videollamada, entenderán por qué que la “niña” está harta de mí.
La comprendo, sufrir esa fenomenología debe ser algo insufrible. Para remediar un poco las cosas decidí hacer algo, y después de analizar el abanico de posibilidades que se abrían ante mí, bajar al perro o ir a echar el polvo, le ofrecí ir a la compra.
A tal fin, le recomendé que, en vez de consultar con la almohada lo hiciera con San Google de Todos los Saberes. Nunca se sabe, siempre puede haber alguna oferta que no se pueda rechazar.
“¿Viste algo?”— le pregunté. “Sí, jovenzuelo —contestó con marcada ironía—. Pero no sé por cuál decidirme. Estoy entre 'Tres increíbles días en el Garrefús', en régimen de media pensión, y 'Maravillosos amaneceres en el Gladys', que incluye desayuno bufé. ¿Tú qué elegirías?” “Pues —balbuceé, después de reflexionar sesudamente—, no sé qué decirte, pero la vecina de enfrente, caladiña1, me dijo que en el Gladys tienen una tienda de campaña para las pernoctaciones que incluye bidet; aunque, si fuera yo el que bajara a la compra, elegiría 'Hipermercado El Barato, donde tres días son un rato'. Tengo entendido que la sección de congelados es económica a la par que nutritiva, y que está requetebién surtida. En todo caso, vayas adónde vayas, no te olvides de traerme helados, ¿vale?”
Y como cantaba el bueno de Perales y se marchó, y a su barco le llamó Libertad…
Si no recuerdo mal, eso se fue el martes. El viernes regresó con un tráiler por carrito de compra. Entre nosotros, que la “niña” hizo una compra más bien rápida.
“Niña, ¿me trajiste los helados?”—le pregunté nada más verla. “Sí, papá. Te traje tres toneladas de polos (sabores surtidos), dos quintales de cortes de vainilla y siete frigoríficos de tarrinas de chocolate de tu marca preferida — respondió haciéndose la guay—. ¿Tendrás suficiente?”. ¡Hum!, no sé, quizás hasta el lunes, pensé, pero preferí guardarme mis pensamientos y dejar que la duda flotara en el aire. Ante mí tenía la ciclópea tarea de guardar la compra antes de que nuestro casoplón se convirtiera en una piscina. No era cuestión de perder el tiempo en divagaciones.
A la tarea estaba, cuando de repente de una bolsa saltó un esquimal. “¡Hostia!—chillé sin poder contener taco tan de escasa educación—. ¿Y esto qué cojoncios  es?” “Ah—gritó la “niña” desde la otra habitación—, que se me olvidó decirte, que con los helados me regalaron un inuit, uno auténtico, no te vayas a creer, que mientras a casi todo el mundo le endilgaban uno palero, como yo conocía a la cajera, compañera de promoción en la carrera, a mí me dieron el esquimal auténtico “¿Y a esto hay que darle de comer?” “Sí, me dijo Paulita que conviene darle algo si no quería que se me pasara como el furby, ¿te  acuerdas del pobre Furby, que  el pobre se murió porque no le dábamos de comer?, y que gusta comer pescado crudo y los helados le encantan” “Vale —dije resignándome a tener otra boca que alimentar—, ahora ya sé dos cosas que antes no sabía: quién se va a comer todo el sushi revenido que hay en la nevera y que los helados que trajiste no llegan hasta el lunes ni de broma”.
1. Caladiña. En gallego: mujer callada. En el caso que nos ocupa: mujer que le da a la singüeso2 a degüello.
2. Singüeso. Popular: lengua. No confundir con sinhueso.
  



jueves, 2 de abril de 2020

Hacerse un Amancio.

Imagen Joan Vizcarra

   Cuando los psiquiatras ya habían emitido un dictamen diciendo que el hombre afectado no sufría patología mental alguna, que sólo se trataba de  un caso exagerado de tonto del culo, el público ya estaba enterado de que la noticia había sido un fake nacido del ingenio de El Mundo Today.
   Viene lo anterior a cuento de lo de Amancio, ya sabéis, ¡Amancio!, y de esa noticia que decía que un supuesto trabajador suyo le había donado 12 horas extraordinarias agradecido por su gran labor humanitaria.
     Disconformes con que la verdad estropeara la noticia, los confinados buscaron nuevos argumentos y exploraron otros caminos.
   Fue en ese ínterin, cuando el sector más radical de la balconada abogó  por pedir la santidad para el afectado al Vaticano, o sea, para Amancio, como forma, dijeron, de desagravio; a lo que el ala demócrata-cristiana, jaculatorias y reclinatorios a gogó, contestó que no, que eso no podía ser de ninguna manera y que además era imposible. Recordaron que para ser santo primero es necesario ser beato y haber realizado dos milagros, y que, sintiéndolo mucho, Amancio no contaba con tales prodigios en su haber, y que sí, que millones todos, nadie lo discute, pero prodigios pocos. “De momento”, puntualizó cogiéndosela con papel de fumar el líder de los discrepantes.
   Fue entonces, cuando tras una excesiva ingesta de televisión y un empacho de noticias, nuestros queridos y bienamados tontos de balcón hicieron un corta y pega e implementaron otra solución: el aplauso de cumpleaños.
   En mal momento fue  el que sufrí de la confusión, pues no me puse a saludar con gracioso ademán el otro día que me tocó bajar a echar el polvo pensando que me aplaudían a mí.
   Ay, qué decepciones se lleva uno, cuántos golpes da la vida.



miércoles, 1 de abril de 2020

Mi amigo Maxha.


Ayer hice un Skype con mi amigo Maxha, uno que está empleado de  rey  en Tailandia, me contó que con esto del confinamiento estaba más aburrido que un hongo, que tenía poca confianza con el séquito que lo amenizaba, “me llaman Rama X como si fuera un superhéroe, no te digo más”, y acabó cuasi implorándome si podía ir a hacerle un poco de compañía. “Y dónde estás”, le pregunté. “Pues, por aquí, por los Alpes, cantando tirolesas” Quedé compungido, soy un tipo de esos de los que gustan echar una mano a un amigo, máxime si está necesitado, pero en este caso no iba a poder ser. Lástima, ¡mecachis! Barruntaba qué decirle, cuando él leyéndome el pensamiento se me adelantó: “por cierto, que no te dije, que me traje del pueblo —se refería a Tailandia—  a 20 de mis concubinas, las de mejor ver, y como buen republicano que soy debes de saber que además de estar  a mi disposición no tendría inconveniente alguno en cedértelas en usufructo mientras estuvieses o estuvieras aquí, caso que aceptes, claro” ¡Cáspita! ¿Veinte?, uno no recibe una oferta así todos los días, tipo El Padrino, de las que no se pueden rechazar, y además por veintiplicado. ¡Menudo abarrote! Pero, soy gallego, hombre  cauto que no gusta de  líos, le pregunté: “Vale, pero una cosita, amigo Maxha: ¿y con las propias qué hiciste, dónde las dejaste” Porque, no sé lo dije antes, pero el colega tiene cuatro esposas y yo cero ganas de follones; además, hombre precavido vale por dos, ¿o no? “Tranqui, nota —me contestó— las dejé en keli,1 bastante curro tienen paseándome a los chukeles2” Comprobé que el Maxha dominaba el tema, no se había olvidado del cursillo que le habíamos dado mi peña del barrio de Monte Alto y yo el día que lo llevamos a ponerse ciego a bígaros. Qué día; fue tan espectacular que de postre le regalamos un dedal de oro, del cagó el moro (uno que pasa costo culero) y un diccionario básico de Koruño. Se lo zampó todo. ¡Mecagoenlacona, que hambre atrasada nos traía el muy chinorri! Y ahora, aquí me veis, en los Alpes, sufriendo; pues, no va mi colega Maxha y me envia un avión medicalizado, como si yo fuese un vulgar presidente de una ciudad africana, para el desplazamiento. Así que, cómo para negarme, rechazar la invitación o hacerle el feo. También pesó en la decisión de venir el recordar que en su pueblo a los que le faltan al respeto los meten 15 años en la cárcel. Y eso sí que no, no es plan. No están las cosas como para andar corriendo esos riesgos. Máxime si con un mes ya me veo más que reventado. Así que, como buen precavido, prefiero pasearlo vestidito con su sombrerito de cow boy y su chupa de sanguijuelas (lentejuelas). 
1.      Keli. Casa. (Fuente: Diccionario Básico de Koruño).
2.      Chukel. Perro. (Fuente:  melliza de la de arriba).


domingo, 29 de marzo de 2020

Empanado, rebozado.


Una vez más, mi hija me ha dado una lección magistral, porque no va la tía lista y me aclara la diferencia que hay entre rebozado y empanado. Ay…, como os lo digo. Lo malo es que a los dos minutos ya se me había olvidado. Fue entonces, cuando me di cuenta de que esas cosas me suelen pasar. Debe ser que no pongo atención. Vamos, eso espero. Porque o es eso o es que soy tonto tontísimo. Motivos para pensarlo también tendría. Sin embargo y no es por presumir, algunas cosas enrevesadas por demás me las sé. Sé cuál  es la diferencia entre cuñado y yerno, entre polo norte y polo sur e incluso entre proa y popa. Os lo aseguro. Lo cual parece sugerir la existencia de cosas inextricables para mí. A lo anterior, debo suumar que también tengo poco, por no decir nada, sentido de la orientación. Es más, me asombro cuando en las pelis dice “el sospechoso va en dirección norte”, pongo por ejemplo, y me pregunto, qué pasa, ¿esta peña tiene la aplicación brújula instalada en el cerebro o qué? Porque vamos, no me digáis. Pero como no se consuela quien no quiere, asumí lo de ser desorientad el día que me perdí en Monforte de Lemos, como leéis,  y tuve que llamar al cliente al que iba a visitar para que me indicara, si era tan amable y no le causaba molestia ni extorsión alguna la cuestión, el camino que tenía que tomar para ir a verle. Verídico. Claro que, me consolé al llegar a casa y ver los Simpson, concretamente aquel mítico capítulo en que Homer llevaba una chuleta para distinguir a sus amigos: Lenny=blanco, Carl=negro. No os imagináis lo que alegró y consoló aquello, topar con un cofrade. Saber que no estoy solo en el mundo, fue un alivio. Así que, copio y pego y procedo a hacerme una chuleta. Rebozado: harina-huevo. Empanado: huevo-pan rallado. A ver si lo fijo de una vez por todas en mi intelecto y dejo de darle la murga a mí hija, que a la pobre la tengo hartita: Gloria, ¿qué va primero? Por cierto, listos, que sois unos listos, qué fue primero el huevo o la gallina. Como decían en la tómbola, “y de premio, bacinilla de color al acertante. ¿Que la prefiere en rojo o en azul?” “La prefiero en blanco”, contestaba el agraciado; a lo que el tombolero remataba “el blanco no es un color, señor”.


sábado, 28 de marzo de 2020

El espejo.


Lo ha visto todo; las guerras, y con ellas el miedo, el hambre, la pérdida; y lo ha escuchado todo, los discursos, los aplausos y los ominosos silencios que deja el dolor. Nada le ha sido ajeno; y, ahí está, viendo pasar el tiempo, con sus crisis y resurrecciones y con sus grandes esperanzas. Inasequible al desaliento, como un roble ante su destino. Este italiano, de la Emilia-Romaña, un hombre al que llaman P y vive en Rímini; ha sido testigo de capicúas sin fin, de los primos, de los pares e impares. Tiene 101 años, acaba de vencer al coronavirus y si alguien sirve de ejemplo en el que mirarse sin duda ese es el, deportista de élite en la más difícil de las especialidades, la vida.

jueves, 26 de marzo de 2020

Gran Prix.


Dormí fatal, dando vueltas, organizando mi cabeza. Necesitaba abstracción, concentración y mucha velocidad. La carrera en juego así lo demandaba.  Redoblar la atención, no cometer errores propios y anticiparme a los ajenos se me antojaba vital. Importante: extremar el cuidado en las curvas; ni derrapar, ni chocar, y mantener siempre la distancia de seguridad, hay mucho loco suelto, se antojaba primordial.
En la parrilla de salida mis adversarios me observaban con la aprensión con la que se mira al recién llegado. Unos miraban con envidia mi bólido, rojo Ferrari, llamativo, amplio y rápido; mientras que otros, concentrados en lo suyo, ni siquiera levantaron la mirada concentrados como estaban contemplando el infinito.
A la hora convenida, el semáforo se puso en ámbar. Nos pusimos todos en fila india, tal y como estipula el reglamento, y cuando el encargado bajó la bandera, ocupamos nuestros puestos. Todos asidos al volante, vestidos con el uniforme reglamentario: guantes y protección en la cabeza. Haciendo buena la máxima: hay que prevenir. Después, gas a tope.
Adelanté a un obeso en la curva de Patatas, no tuvo mérito; perdí dos puestos en la recta de Leche para recuperarlos en la chicane de Pescado. Una vez completado con éxito el circuito, fui a boxes. Saqué el móvil, contacté con NFC, sponsor de catástrofes diversas, y miré el carro de la compra con orgullo. Mi bólido es fardón, útil y rojo, aunque creo que esto último ya lo había dicho antes.