Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta confinamiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta confinamiento. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de abril de 2020

El gato.


14 personas confinadas en un puticlub.


¿Sabéis el chiste del gato?, pues esta historia comenzó igual… Iba yo, una noche en el coche, camino de Pamplona, cuando de repente el coche empezó a trastabillar. Lo que me faltaba, un pinchazo. No tuve más que apearme para comprobarlo. Hice lo que hacen todos los conductores en esos casos, abrí el maletero y busqué el gato dispuesto a cambiar la rueda. Y, ¡sorpresa!, rueda tenía, pero gato, no. Pensaba qué hacer, cuando a lo lejos vi una luz. En ese momento recordé el chiste del gato. Decidí acercarme tomando las debidas precauciones: nada de hacer como el tío del chiste, nada de ir envenenándome por el camino y nada de decirle a la persona que me abriera la puerta que se podía meter el gato por el culo como hacía el del chiste. Tranquilidad. La gente es buena, no hay que ponerse en lo peor. Mejor evitar disgustos imaginarios. Y fue así, resumiendo, fue como sucedió la cosa. Os lo prometo por San Pito Pato. De lo único que podría ser culpable, y para eso a la vejez viruelas, es de querer  ir a los encierros o de hacer el viaje con tanta antelación. Vaya chaladura. Tenéis razón. Pero qué se le va a hacer, tengo mis antojos. Peores son los de los que andan doblan esquinas o los de los que se echan pedos en sillas de rejilla y después pasan la tarde adivinando porqué agujero ha salido el gas. Cada uno tiene sus manías. Además, qué culpa tengo yo. Fue el destino, no le deis más vueltas. Así que, por favor, no penséis mal de mí, poneos en mí lugar y no os preguntéis ¿y por qué no llamó a la grúa?, porque os conozco y sé que sois muy listos y que lo estáis pensando. No se me ocurrió, ¿vale? Qué más puedo decir en mi descargo. Además, aquella luz roja me llamaba. No os imagináis con que fuerza lo hacía. Y, sabido es, que si ves una luz al final del túnel lo mejor es seguirla, ¿o no? Bueno, a mí me enseñaron que sí. Pero tampoco voy a discutir ocupado como estoy aprendiendo a hacer bizcochos. Le estoy cogiendo una afición.



martes, 7 de abril de 2020

La compra.


Si a lo increíble que ya es, que yo como padre sea más joven que mi hija, le añaden la costumbre que tengo de hacerle un Hitchcock (pasar por detrás) cada vez que recibe una videollamada, entenderán por qué que la “niña” está harta de mí.
La comprendo, sufrir esa fenomenología debe ser algo insufrible. Para remediar un poco las cosas decidí hacer algo, y después de analizar el abanico de posibilidades que se abrían ante mí, bajar al perro o ir a echar el polvo, le ofrecí ir a la compra.
A tal fin, le recomendé que, en vez de consultar con la almohada lo hiciera con San Google de Todos los Saberes. Nunca se sabe, siempre puede haber alguna oferta que no se pueda rechazar.
“¿Viste algo?”— le pregunté. “Sí, jovenzuelo —contestó con marcada ironía—. Pero no sé por cuál decidirme. Estoy entre 'Tres increíbles días en el Garrefús', en régimen de media pensión, y 'Maravillosos amaneceres en el Gladys', que incluye desayuno bufé. ¿Tú qué elegirías?” “Pues —balbuceé, después de reflexionar sesudamente—, no sé qué decirte, pero la vecina de enfrente, caladiña1, me dijo que en el Gladys tienen una tienda de campaña para las pernoctaciones que incluye bidet; aunque, si fuera yo el que bajara a la compra, elegiría 'Hipermercado El Barato, donde tres días son un rato'. Tengo entendido que la sección de congelados es económica a la par que nutritiva, y que está requetebién surtida. En todo caso, vayas adónde vayas, no te olvides de traerme helados, ¿vale?”
Y como cantaba el bueno de Perales y se marchó, y a su barco le llamó Libertad…
Si no recuerdo mal, eso se fue el martes. El viernes regresó con un tráiler por carrito de compra. Entre nosotros, que la “niña” hizo una compra más bien rápida.
“Niña, ¿me trajiste los helados?”—le pregunté nada más verla. “Sí, papá. Te traje tres toneladas de polos (sabores surtidos), dos quintales de cortes de vainilla y siete frigoríficos de tarrinas de chocolate de tu marca preferida — respondió haciéndose la guay—. ¿Tendrás suficiente?”. ¡Hum!, no sé, quizás hasta el lunes, pensé, pero preferí guardarme mis pensamientos y dejar que la duda flotara en el aire. Ante mí tenía la ciclópea tarea de guardar la compra antes de que nuestro casoplón se convirtiera en una piscina. No era cuestión de perder el tiempo en divagaciones.
A la tarea estaba, cuando de repente de una bolsa saltó un esquimal. “¡Hostia!—chillé sin poder contener taco tan de escasa educación—. ¿Y esto qué cojoncios  es?” “Ah—gritó la “niña” desde la otra habitación—, que se me olvidó decirte, que con los helados me regalaron un inuit, uno auténtico, no te vayas a creer, que mientras a casi todo el mundo le endilgaban uno palero, como yo conocía a la cajera, compañera de promoción en la carrera, a mí me dieron el esquimal auténtico “¿Y a esto hay que darle de comer?” “Sí, me dijo Paulita que conviene darle algo si no quería que se me pasara como el furby, ¿te  acuerdas del pobre Furby, que  el pobre se murió porque no le dábamos de comer?, y que gusta comer pescado crudo y los helados le encantan” “Vale —dije resignándome a tener otra boca que alimentar—, ahora ya sé dos cosas que antes no sabía: quién se va a comer todo el sushi revenido que hay en la nevera y que los helados que trajiste no llegan hasta el lunes ni de broma”.
1. Caladiña. En gallego: mujer callada. En el caso que nos ocupa: mujer que le da a la singüeso2 a degüello.
2. Singüeso. Popular: lengua. No confundir con sinhueso.