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jueves, 15 de octubre de 2020

Machismos y mariquitas de péplum.

 

La misma esquizofrenia que padecen algunos gais que militan en el partido que históricamente se opuso a cualquier avance de la sociedad —divorcio, aborto, matrimonio gay…— parecen sufrirla algunos periodistas cuando enarbolan la bandera de lo políticamente correcto y son machistas sin siquiera percatarse.

Para el primer caso, el de los políticos, me viene a la cabeza el poco ejemplar Maroto, un gay que ora y labora en un partido que se  opuso a su matrimonio, y al de cualquiera de su condición sexual, y al que imagino cubriendo el cupo de homosexual-pepero en condición de mariquita asociado siempre al servicio del péplum de su partido.

Del segundo caso de esquizofrenia, o diarrea mental, que también pudiera ser, se han  encargado de dar ejemplo los periodistas esta última semana. Concretamente, los periodistas deportivos. Pues, fueron ellos, los que cayendo en la más burda de las crónicas, los que propalaron la falsa  información de que el tenista Nadal, con 20 títulos a sus espaldas, junto con Federer, eran las personas que más Grand Slam habían ganado en la historia del tenis.

Y es falso; y lo es por una sencilla razón: porque las mujeres también existen y tienen el mismo derecho a estar en la lista por derecho propio.

Así que, la lista, si lista quiere ser, es la que sigue:

1ª Margaret Court (24).

2ª Serena Williams (23).

3ª Steffi Graf (22)

4º Nadal y Federer (20).

¿Lo tenéis clarinete?

Pues eso, a seguir haciendo crónicas poco rigurosas y a seguir militando en partidos que, de tan modernos, del péplum y la fanfarria no pasan.

 

domingo, 30 de agosto de 2020

El "fachapobre".

 

Hablo del animal tonto por antonomasia; del que cuando dice digo dice Diego y  tontería a troche y moche, sin descanso, sin desmayo; del que adorna la muñeca de rojo y gualda y su pechito con enorme caballito cuando no cocodrilito, del género más cucudrulo, por supuesto; del que es falso, a toda hora y en todo sitio; del que es bobo incluso de género; del que no tiene arreglo, mire como se mire, y desciende del mono franquista; hablo de ese, del que si no es tonto al menos lo parece; del que siente devoción por sentar un rico a su mesa, por alimentarlo, cuidarlo y engordarlo como si cerdo fuera cuando cerdo es; del que disculpa al que le roba, traiciona y huye con el botín; del que no tiene arreglo, de tan disfuncional como demuestra ser;  hablo de esa peste, de esa lacra, empeñada en retornar a la Edad Media cuando no directamente a la Caverna; hablo de esos, que cada vez son más y más populosos y populistas; hablo de esos estira meñiques que olvidaron que ayer eran pobres y hoy se ven ricos; hablo de esos, de los que no son tuertos, aunque lo parezcan.

jueves, 27 de agosto de 2020

El campeón (y hay tantos).


 

Arduo es esforzarse por estar siempre en la cresta de la ola. Ser un tío chachi no es fácil. Caer en la cuenta de que tanto esfuerzo ha sido en vano es igual a dar de  bruces con la triste realidad.

Me asusté, al pensar siquiera que nunca había sido chachi y que por tanto nunca llegaría a guay. Si ya no lo conseguí antes, cuando un pendiente me puse y deje crecer mí lacio pelo, cómo lo voy a conseguir ahora. A mí edad. Me vi perdido. La vida entera se me iba por el sumidero y yo contemplándome el ombligo sin hacer otra cosa más que cavilar. Pero, de repente, una idea se me vino a la cabeza, y si hago un corta y pega; y dicho y hecho. Transido de nueva dicha, salí a la calle, tal cual loco fuera, con mi melena al aire, que de ilusiones también se vive, y el pendiente brillando al sol, tal como imagino que harán los que se creen víctimas de alguna revolución, y puse proa al almacén erigido en las afueras en loor de deportistas. Cuando di llegado, a golpe de clic comprobé el parné. Después fue cuando entré. Dispuesto a invertir, que no gastar, un pastizal. La salud es lo que tiene. Equipado a conciencia, sin echar en falta detalle alguno, me sentí impaciente por probar todo lo comprado. Ya me estaba viendo, haciéndome selfis a mansalva con los que alimentar a las bestias de las redes sociales, ya me veía saliendo a la calle ocho me gustas después a probar la bicicleta. Ojo, importante, no te olvides ajustar la inteligencia artificial a la muñeca, hablo del cronógrafo, el cardiógrafo y toda la recua de ógrafos necesarios, antes de ponerte en marcha. Y después, apartaos hombres del 600, la carretera nacional es mía.

Así fue como me reinventé, y seguí siendo un tío chachi. Me temo que, si Dios no lo remedia, cualquier día de estos llego a guay.

 

martes, 25 de agosto de 2020

Bonjour tristesse.

 

Pues nada, que no lo encuentro, y volar no vuela, ni camina, ni piernas o patas tiene; así que, ¿dónde está?, porque en algún lado, obvio es, tiene que estar. Después de un rato, de revolver todo lo que revuelto puede ser, me acordé. De ella, de la que espero que en paz esté, o sea, de la que fue mi suegra, y de que a ella lo mismo le ocurría. Más a menudo, eso sí. Y miré y revolví y encontré, claro es. Allí estaba, dónde no debía, el dichoso cuchillo patatero. Casi al fondo de la bolsa. De la basura hablo, que de mí memoria mejor ni hablar. Y me puse triste. Dos minutos creo que duró el episodio; de la tristeza hablo, por supuesto, que lo del cuchillo algo más sí que duró.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Mentiras piadosas.

 

Últimamente empiezo a ojear El País casi por el final. Dicha patología lleva ocurriéndome por lo menos tres semanas. Cursa tal que así. Primero la curiosidad, ¿lo habrán vuelto a hacer? ¿Conocerá ésta gente la vergüenza? Una vez muerto el gato (¿la curiosidad no mató al gato?), compruebo dos cosas: que lo han vuelto a hacer y que, efectivamente, son unos desvergonzados; y claro, paso a la segunda cosa que me ocurre: al estupor; que si no doy crédito, que si hay que ver… O sea, estupor. Estupor ante lo que me gusta perder el tiempo hablando como si a alguien le interesara lo que digo, como si fuera yo el que decidiera lo que se cuelga y lo se deja de colgar en tan afamada plataforma como viene siendo El País; claro, para cuando llego al final de la diatriba, y ya he aceptado lo inaceptable y he decido seguir con el ojeo de esa perdiz llamada periódico, acabo alegrándome por el dicente de tan cacareada frase. Manuel Jabois, culpa tendrá el pobre rapaz. Me refiero a esa frase que llevan los de su club de fans colgando desde hace por lo menos tres semanas y que al parecer debió decir el menda un día que se puso lerenda: “Ante el folio en blanco encuentro algo parecido a la felicidad”. Reitero del verbo reiterar, tres semanas de matraca llevan. Colgada tienen la frase cual jamón fuera. Y hasta ahí voy cada mañana, a verla, en peregrinación. Quiero asistir al milagro de la curación de la frase-jamón.

Persistí hasta que me acordé del otro, de su fina ironía  y del humor que se gastaba y de cómo se tomaba la vida y la profesión. Otro paisano fue aquél y de los grandes además; maestro de muchos y sibarita del todo. Y disculpé las dos mentiras que obvias son: felicidad y folio, considerando que andará promocionando algún quehacer o quizá siendo víctima de sus propios promotores. Borrón y cuenta nueva, pues; al fin y al cabo, el creador de la mentira bífida, también fue prologuista de nuestro común paisano y escribiente celebrado en aquel libro que por ilustrativo título lleva Mis páginas mejores. De Julio Camba hablo; y como entre paisanos andamos, el bífido elocuente, don Julio y éste humilde servidor, o sea yo, pelillos sean a la mar.

De todas formas, en desagravio de parida tan parida y quedando a la espera de remedio que alivie patología tan pertinaz como es el ojeo de periódico (periódico en gallego se dice “Mentireiro” según mi antes estilista, el señor Rumbo), opté por la sonrisa:

“DENTRO DE TRES MIL seiscientos setenta y siete años, un hombre se dirigirá a los otros con estas palabras terribles:

    Señores, se acabó el carbón.

Y el auditorio, entonces, se quedará helado” (Julio Camba).

Pues eso, que acabó el carbón (¡dónde va!) y empezó la promoción.

Abono para iluminados.

 

Si bien poco, o más bien nada esperaba de los políticos del PP (los olmos nunca dieron peras), sí que esperaba algo del PSOE. Sin embargo, mis esperanzas fueron pagadas por las mentiras de los primeros y por el cinismo de los segundos.

Y digo mentiras en el caso del PP, porque ésta gente no sólo es capaz de defender lo imposible (siempre que de pleito rico se trate, por supuesto), sino que incluso son capaces de llegar al extremo de negar la evidencia. Y claro, así no se puede. No hay manera.

Por su parte, los cínicos del PSOE (y conste que me refiero a sus más altos cargos), se comportan al igual que los funambulistas. Siempre en el alambre. El caso más sangrante de su cinismo, que no el único, es declararse partido republicano (en los estatutos escrito lo tienen) y luego defender a la monarquía. Y así llevan 40 años. Tocando los timbales.

Y conste que lo de la Monarquía, en el caso del PSOE, es sólo la punta del iceberg. También podría hablar de la opaca Ley de la Transparencia, de los sueldos aprobados en la época de Felipe González para los ex presidentes, de la corrupción sistémica (han tenido  tanta, o más, que el PP), del grupo paramilitar llamado Gal que montaron o administraron… En fin, que podríamos rememorar aquí La Historia interminable, aunque en esta ocasión versión rosa capullo.

Llevamos 40 años conviviendo con mentirosos y cínicos. Estamos tan acostumbrados a que nos mientan que ni si quiera nos damos cuenta de cuándo lo hacen. Tampoco nos damos cuenta, por lo que se ve, de la tupida red que han tejido y hasta dónde han llegado.

Tan exagerada es la cosa, que la separación de poderes se antoja una ilusión, una sombra, una ficción; y se ve nítidamente cuando las cosas llegan ante el altísimo supremo (que le zurzan a las mayúsculas que no se las merecen), porque nunca pasa nada; y es que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

 

domingo, 9 de agosto de 2020

Palmas en Las Palmas.

 

Todo el mundo sabe que, según el protocolo, si la reina de Inglaterra y yo nos encontrásemos en un ascensor sería ella la que me tendría que ceder el paso al estar yo más titulado que ella.

Soy príncipe de trompicayo, duque pilonero, marqués de ofertas, conde y míster alcampo, barón de mercadona e hidalgo majadero. Además, atendiendo a mí divisa Sobre todo educación y buenos alimentos, ceder el paso a Sabela tan principal sería de obligado cumplimiento. Lo de la zancadilla pudiera ser. También tengo el bachillerato, que se me olvidaba, y me gusta el roncanrol.

Pese a títulos tan apabullantes ni me doy ínfulas ni reclamo derecho a pernada alguna. Demasiados desclasados hay ya poniendo guiones entre sus apellidos, haciéndose los giliguays.

Por eso no me extrañó que ayer, cuando estaba leyendo Mi familia y otros animales de Gerald Durrel, me llamase él. Lo reconocí a la primera; su voz gangosa, su campechanía y su buen humor delatan hasta al más vulgar del huido campechano. Me dijo “Vente “pa” Abu Dabi, Luis Germán”

Y cogí y fui.

Cuando llegué a la modesta pensión en la que se aloja, un siete estrellas de tres al cuarto y más hortera que un programa de las Campos, me presentó a sus Corinas. Las tiene numeradas por versículos. Según me dijo una era la encargada de las pastillas, otra de los masajes y las demás se ocupaban de la realidad virtual. Después nos fuimos al desierto a practicar la cetrería. Allí entre las dunas se sinceró. Me informó de que estaba muy arrepentido, insistió en que no volvería a suceder y me dijo que su niño, don preparadito y marido in pectore de recauchutados la asturiana, le había obligado a escribir 100 veces  Ay, qué risa, se acabó la sisa.

Y así anda él, rumiando penas por pensiones de mala muerte, deseoso de volver y arrodillarse en la mezquita de Santa Sofía suplicando perdón para seguir dando por… Bueno, ya sabéis, que éste hombre por el griego conocida es su afición.

Implora, pues, que escuche España su aflicción y agradece que los palmeros sigan dando palmas en Las Palmas.